los recuerdos atravesandome
rompiéndome el cascarón
sintiendo que vuelvo a morir y a nacer
la vida me ha latido aquí
toca cada acera en mí mi pecho
como si fuese un cuenco tibetano
y el sonido de mi corazón se expande
como si la sangre volviese a correr en mí
y el río seco se llenara de un agua
que siento cerca pero también ácida
todo mezclandose en mí
llevándome a la boca el sabor de
tus pucheros, llevándome a la piel el calor de la estufa en los pies, a las manos las tuyas cosiendo atuendos, a mi espalda tu cuerpo en el sofá meciéndote y yo mirándote, mirando tus gafas, tu vestido liso y prieto hasta tus rodillas hinchadas, tus pies en las pantuflas, capaces de salir conmigo a ver las tiendas típicas y a comprar en el kiosko chuches y pipas,
mis oídos escuchando a la vez tu quejido por hacerte salir al medio día con tanto calor en medio del pueblo, y tus labios diciéndome lo mucho que me quieres aunque estemos tan lejos.
Tus consejos haciéndome fuerte en el amor y poniendo en mí un valor más grande del que mi cuerpo adolescente percibía. Tu gracia haciéndome reír y tu corazón tan grande llegándome e instando en mí el querer vivir a tu verita. Mi estómago lleno de carne de tomate picada, de croquetas con los desperdicios que nunca tirabas, mis ojos asombrados de cómo eras capaz de llenar el jardín de plantas y de flores, que sobrevivían a cada época del año gracias a tus cuidados.
Quizás abuela, nunca fuiste del todo consciente del impacto que has tenido en mí, de lo mucho que del querer y del esfuerzo me has enseñado.
De la emoción de verme de pequeña en tu vitrina, que era tu templo sagrado, donde los recuerdos se atesoraban de forma que siempre estaban vivos. Y antes de que mi visita a tus ojos llegara, ya estaba tu puerta abierta, percibiendo mi entrada, y escuchando tus pasos por el suelo de las baldosas caminar hacia mí como si supieras a qué hora cruzaba la puerta y el abrazo tan grande, lleno de lágrimas, llegaba. Siempre emocionada, siempre haciéndome sentir que ahí donde estabas tú yacía mi casa. Mi cuerpo pequeño, sostenido en tus brazos, creciendo, estirándose en tí. Y caminando a tu lado las etapas más importantes de mi vida, como si de tu mano llegara, el que fue mi primer amor, mi primer beso, mi primer verano. Yo vivía y tú desde la ventana veías cómo me moldeaba y atravesaba la vida, llenándome de un acento especial, que contigo compartía. Una crianza que llegaba a tus ojos deseosos y volcaba sobre mí el disfrute de la vida. Tu grito avisando de que estaba lista la comida, tu pecho dispuesto cuando de pequeña mi boca pedía la leche de una madre, tu esfuerzo incansable de abuela superando el dolor de la vejez por brindarnos la vida. Mi cuerpo contiene todas las bienvenidas, el sentimiento grande en el pecho de llegar a tí como si fueras mi guarida. La tristeza de despedirnos, de la lágrima caída, bajando por nuestro hombro abrazado, esperando la llegada de los siguientes tres meses para decirnos cara a cara, lo que no podíamos en el día a día. Y yo podía pasarme la mañana, la tarde y la noche, escuchándote hablar de mi padre y de cómo te enamoraste de mi abuelo, de cuánto querías a mi madre como a una hija, de tu dolor y tu pena de las despedidas, pero también de tu fuerza interna, y de la capacidad de amar tan grande a la familia, que sembraste en mí con la capacidad de vivir y resistir propia de los árboles en la romería. Y ahora estoy aquí abuela, mientras se derrama en mis manos la arena que compartimos juntas todos los veranos. Estoy aquí, en tu casa, en la que crecí más que en la mía, en la que me cambió mi mirada, mi disfrute, mi gracia a algo más grande de lo que en mi cuerpo pequeño cabía. Mis aprendizajes más grandes se cocieron en la olla que usabas para alimentarnos a toda la familia. Y así fui creciendo, bajo tu manto, a fuego lento, en tí mi capacidad tan grande de estar viva. Y escribiéndote, tengo la mano entumecida, porque mi cuerpo ha llegado, y tu recuerdo se aviva, prende un fuego, de repente se ilumina toda Andalucía. Y parece que volviese a vivir cada parte tuya que a su vez fue mía, mis pies vuelven a ser pequeños, a correr bajo el sol de Mazagón en tu compañía. Al olor del amor de San Antonio Abad en Trigueros, con los balcones llenos de hermandad y de alegría. Pareciera que volviese a crecer de repente todas las cosas que a tu lado se sembraron como si fueran flores y tu marcha espigas. Y siento un crecimiento rápido, corriendo en mí, sintiendo que tengo 5, 7, 9, 14, 15, 22 años. Y mi corazón se llena y bombea con una capacidad que en mi memoria estaba dormida.
Estás aquí conmigo, abuela, porque mi cuerpo te reconoce en cada cosa que veo y respiro en esta tierra que siempre, siempre, ha sido y será tuya.
Mi abuela, tú eres, mi querida Andalucía.
Y yo sé, bajo esta tristeza, que Huelva nunca muere y que bajo toda su forma, tú siempre estarás a mi lado, viva.
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