Hay una voz que te acompaña en el camino,
y te dice que hagas lo necesario para que te quieran,
que no importa quién seas,
que no te atrevas.
Y recorres, recorres, recorres el camino. Y un día está lleno de pisadas que no son tuyas, de árboles que desconoces porque no los has plantado con tus manos. Y entiendes, que por mucha gente que diga quererte en el camino, ese camino, no eres tú.
Así que decides buscar la salida, das un abrazo, a todo lo que anduvo de tal forma que no sintieras tus pies, y lo dejas salir de tu vida, para vivirte tú, tú, a ti misma.
Y por primera vez pisas la tierra. Tu tierra. Y por primera vez, te sientes en ella. Por primera vez notas plena tu existencia, porque te quieres. Caminando con tus propias raíces, dejando brotar lo que una lleva dentro, que se vea. Y sin nadie en el camino, salen frutos, y se caen muros que dejan a la vista, senderos paralelos que en la vista se cruzan, y te dejan seguir tu curso, y siguen también el suyo, mientras te acompañan. Y vas sintiendo entonces todo ese amor. Amor. Amor de tierra.
Ya no tienes miedo, ya no necesitas poner precio a las caricias, puedes salir afuera, ser tú misma y abrazar todo lo que vaya y venga, siendo tal y como eres.
He necesitado por un momento reencontrarme con paisajes en los que elegí no ser, para al volver a verlos darme cuenta, de que por fin soy.
Y entonces lo entiendes. Entiendes que eres libre cuando los sitios que te ataban ahora solo te abren a alzar tus alas. Y a marcharte, de donde no creces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario