Desnudo mi alma bajo el cielo y su neblina, y dejo que la caída de la tarde me recoja con su abrazo.
Brazos de la noche, lúcidos, que acarician mis mejillas.
Aire nuevo, tacto de seda erizándome el pecho.
Me sosiego.
Mis manos sin neblina, escriben ligeras como pétalos.
Inmarcesibles flores, niña, las que nos han nacido dentro.
Y aunque nunca mueran: yo las riego.
Las cuido, las quiero, las beso.
Cierro los ojos para abrir la mirada en lo nocturno. Y como un gato, me sumerjo en ello.
Brillan fuerte las estrellas, huele a pueblo, el fondo negro resalta la luz, el aire es fresco. Mi alma extensa me tiende su tacto, yo la acaricio y dejo arroparme por ella y su manto.
Gracias a cada paso: los indecisos, los tambaleantes y los decicididos. Todos ellos hicieron que se perdieran mis pies en un camino de nadie, para llevarme aquí. Y cada día, cada noche, en cada cielo, desde dentro: ya me encuentro.
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