Viento sur,
mis ojos tienen tu mar,
lloran sal.
Acaricias mi cuerpo, convirtiéndolo en arena.
Me fundo en tu tierra.
Muchas han sido las veces que he pensando en no volver a este lugar que me vió crecer y estiró mis ojos chicos.
Porque con tu caricia, todo te lo llevas.
Y los mejores momentos de mi vida los he vivido aquí, en este patio andaluz.
Donde mi madre vuelve a reír,
la comida sabe más rica,
la gente acoge y el paisaje se calca como una ola atravesándote el cuerpo.
Cómo no llorararte, si barriste mis miedos como silueta de fuego,
pero también soplaste fuerte a todo lo que aquí disfruté, y del polvo ya sólo queda su olor.
Universo de recuerdos a los que ya no tengo acceso.
Me has hecho sentir tanto amor.
Cada noche, paseando en tu luz,
el sonido de la marea, llenando de agua viva mis huecos vacíos.
Tu silencio, con la mirada adentro.
No puedo negarte, porque sembraste en mi niña un hogar, un lugar a donde ir y sentirse segura.
Aquí renazco, pisar tu tierra, es gritar que estoy viva.
Y a veces, viento sur, he pensado en aparcar el barco velero que me lleva a ti.
Te lloro con los ojos grandes de una niña chica.
Siento los labios salados, y nuevamente, he podido comprobar que así como vengo sin nada, me voy de ti, con todo.
Me reencuentras con esa nena a la que empujaste a vivir, me siento en el aire,
en él me envuelves como caramelo, porque me veo reflejada en este suelo.
Cómo no volver a ti, Andalucía, si eres hogar.
Y pintas las miradas, que, como camaleones, van cambiando cada año de colores, para recordarnos, que la vida es camino.
Y en ti vuelvo a andar...
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