Cuántas veces morí con mi silencio, cuántas veces por no hablar habré buscado que el mundo me atacara. Cuántas me habré castigado por no reconocer mis sentimientos.
Callé. Y morí cada vez que sellé mi boca.
Callé. Callé. Y las palabras estallaron en mi pecho: provocando una muerte que evitaba el verme morir.
Y salió a la tierra cada cosa que no dije. Y con el miedo en las piernas, vi cómo mi silencio resonaba como grito, como salía de mí para ser dicho, para sembrar raíces nuevas.
Y observé con las manos apretadas como crecieron las semillas hasta crearme un hogar.
Pude comprobar como el poder de cada eco, que salía de mi cuerpo para encontrar su lugar, iba levantando la tierra y elevándome entera.
De repente anduve por un camino que me hizo pasar de sentirme muerta a viva.
Cuántas veces preferí apretar con fuerza la lengua antes que gritar.
Me hice tanto daño que elegí lanzarme al vacío antes que soltar mi dolor.
Me aferré tanto a él que dejé de ver todo lo que existía al rededor.
Y cuando salté, sujetándolo con fuerza, y perdí el sentido de todo camino,
pude abrir mis ojos, y verme separada de él: había salido al exterior.
Desde entonces sé que todo lo que nace dentro, nace para volar fuera del cuerpo, y crear historia.
Que cada emoción necesita pronunciarse, para levitar.
Y que la solución de cada herida es darle rienda suelta y que la vean caminar.
Que sorprenda al enseñar cómo lo que duele es capaz de recrearse y llevarte a tu hogar.
Cómo se transforma lo vivido en fuego que nos alumbra camino.
El poder del dolor, es tan fuerte, que cuando lo pronuncias, te transforma por completo y deja de dolerte.
Di siempre tu verdad, porque la verdad, te hace libre...
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