Pasa tenso y distendido el tiempo, cuando tu alma crece.
Me miro, con los ojos llenos de aire nuevo.
Me digo: por fin lo conseguimos.
Me amo por ello.
Aunque también por todo lo que hubo y viví, saboreé, guardé en mi pecho y luego liberé, dejando volver cada cosa al lugar que la vio nacer. Al pecho de cada uno. Librando al mío de aquello que carga más peso del que una puede sostener.
Por fín, he vuelto a este punto en el que me tengo, y ya, ya por nada ni por nadie me pierdo.
Me ha costado vida y tiempo darme cuenta de que a quien más necesito es a mí misma, de que las deciones que tomamos cada día nos siembran por dentro, y que por eso, es tan importante escucharnos latir el cuerpo.
Estoy orgullosa.
No sólo de mi, sino de todas vosotras. Hermanas, compañeras.
Qué habéis caminado conmigo en el proceso. Mirad a dónde hemos llegado. Estamos hilando con nuestra voz la historia que deseamos vivir.
Sabemos que en cualquier momento, podemos bajar, pero no será lo mismo. Ya no, porque no nos pueden arrebatar todo lo aprendido, lo vivido. Así que todo tiene un sabor distinto.
Estoy emocionada, feliz, amo este cultivo.
Dejar cosas atrás por amor a una misma, es de lo más bonito que he hecho por mí.
Mirar cara a cara mi soledad ha sido una oportunidad, para saberme viva.
Y en mi soledad, darme cuenta de que no estoy sola: pongo el foco en mí y en cada cuerpo que trae armonía y que abre su casa para que pueda entrar en ella.
Conozco a personas que son luz, y juntas, expandimos. Irradiamos. Todo tiene un aire de calor, esta hoguera nada nos la apaga.
Sin cadenas.
Estoy tremendamente orgullosa de nosotras, de habernos decidido libres y nuestras. Nos hemos elegido a nosotras mismas.
Esto que estamos construyendo, es un mar abierto, donde por fin, como Frida, las penas aprendieron a nadar. Y a construir hogar, y cielo: libertad.